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No me comieron la lengua los ratones

  • Foto del escritor: Franco Medina
    Franco Medina
  • 10 oct 2024
  • 4 Min. de lectura



No podría definir el momento exacto en el que empecé a tener ansiedad social. Probablemente fue cuando era preadolescente y en muchos cumpleaños al momento de estar frente a la torta para que me canten, salía corriendo y llorando. No entendía por qué lo hacía, la mayoría de las veces estaba solamente mí familia en los festejos pero no podía aguantar tantas caras mirándome, me daba vergüenza. Incluso hasta ahora es un momento que prefiero evitar.

 

Otras situaciones que tengo grabadas son cuando en distintas reuniones con familiares, amigos o desconocidos, me querían integrar con frases como: “es muy callado, integráte”, “hablá o ¿estás aburrido/a?”, “¿Qué pasó, te comieron la lengua los ratones?”. Cuando en algunos casos mencionaba que quería ser periodista, esos comentarios pasaban a ser trompadas: “como vas a hacer si sos re callado, vas a tener que hablar”, “Mirá que vas a tener que cambiar tu forma de ser eh”, “aahh vas a estar complicado”.

 

Todavía no sé bien si “a pesar de” o “gracias a” eso, hoy soy periodista.

 

Con el tiempo relacionarme con las personas me resultaba cada vez más desgastante. Además de sentirme acelerado por la situación, también me inquietaba que se note, y como consecuencia, lo que podría pensar la otra personas respecto a eso. Entonces todo esto se hacía cada vez más grande y me generaba distintos pensamientos negativos que me llevaron a tener inseguridad con mi forma de ser, de pensar y actuar.

 

En el colegio y en la facultad hubo incontables veces en las que tuve estas ideas anticipatorias que no me permitían hacer o decir algo, no exagero si digo que casi todos los días. 

 

Podría contar miles de situaciones, pero me voy a quedar con una que más miedo me generó. Fue en las materias de radio y televisión. Desde el momento en el que los profesores dijeron que todos teníamos que pasar por el rol de la conducción, me pasé meses pensando en esos días. ¿Cómo voy hacer? No voy a poder. Acá me tranco y no me recibo más. ¿Si por los nervios me olvido todo y no puedo hablar? Así muchos pensamientos más.

 

Cuando llegaron esos días en vez sentirme Rodolfo Barili, tenía ganas de ser poseído por Usain Bolt y salir corriendo a la casa de mis abuelos. Mientras trataba de disimular los nervios y el miedo, para quedarme pensaba en mi sueño de ser periodista y en que si me iba, la vergüenza iba a ser más grande que si lo hacía y me equivocaba, entonces me convencí. Seguramente no sea la mejor motivación, pero era la única herramienta que tenía en esos momentos para hacerlo.

 

Retomo en mi adolescencia, fui a una psicóloga por “el problema de la timidez”, pero era una persona con muy poca o nula ética profesional, entonces al poco tiempo dejé de ir y decidí arreglarme solo. Otra vez la vergüenza me agarraba desde atrás y no me dejaba avanzar.

 

En un momento encontré en el consumo de alcohol un buen medicamento, porque me hacía sentir más suelto. Pero después de unos meses y pensándolo bien me di cuenta que no me servía, no me podía pasar todo el día tomando, ni tampoco quería depender de eso para socializar, tenía que poder hacerlo yo.

 

Así pasaban los años, por momentos sentía que esa timidez y esos pensamientos me atrapaban, pero por otros que yo ganaba, entonces esto me mareaba más. No podía entender cómo en algunas situaciones era yo y en otras me daba vergüenza entrar a un local o hasta decir hola. No tenía sentido. A esto se le sumaba la presión social de que para ser alguien y hacerte respetar tenés que hablar, ser verborrágico, si sos callado, pasas a ser sumiso o boludo. Nunca entendí la relación de este concepto, pero de igual manera si te lo repiten tanto siempre influye en tu cabeza.

 

Al no saber que me pasaba tampoco podía explicárselo a otro, todo se resumía a soy muy tímido y me cuesta hablar. Intentar exteriorizarlo se volvía más difícil o incluso imposible cuando la otra persona usaba frases como: “pero como puede ser que te de vergüenza eso” o “y bueno, tenés que enfrentar la situación, no queda otra”. Muchas gracias por esas revelaciones, la verdad nunca se me habían ocurrido.

 

Cómo la situación empeoraba, hace aproximadamente tres años, me empecé a sentir bastante perdido con respecto a mi vida, sentía que no avanzaba en nada y cada vez me tenía que forzar más que antes para hacer cosas. Al mismo tiempo, hacía notas sobre salud mental para concientizar a los demás, pero sin darme cuenta también me concientizaba a mí. Esto me empezó a abrir un poco más la cabeza y ya no veía con malos ojos volver a confiar en un profesional de la salud mental, entonces decidí buscar ayuda.

 

Desde hace dos años una psicóloga con responsabilidad y ética profesional, me ayuda a entender que no me comieron la lengua los ratones, ni es timidez lo que tengo, sino ansiedad social. Los pensamientos negativos que están en mi cabeza hace más de 15 años, en realidad se llaman “pensamientos intrusivos” y no son normales. También aprendí que esto no iba a poder solucionarlo solo, necesitaba la ayuda de alguien para entender que, en vez de cabecear las paredes, en ese encierro tengo puertas que me permiten salir con mayor facilidad de esos pensamientos.


Todavía hay cosas que me cuestan hacer, también hay otras que no, pero cuando pasan se que no estoy sólo y gracias a la psicóloga tengo distintas herramientas para poder enfrentarlas y seguir adelante.



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